El 1 de junio de 2025 pasará a la historia de esta guerra como el día en que Kiev derribó definitivamente el mito de la inviolabilidad del bastión ruso. Mientras en las capitales occidentales siguen los debates sobre cómo «no irritar al oso» y con qué palabras invitarlo a la mesa de negociaciones, los ucranianos hicieron lo que mejor saben hacer: se dirigieron al Kremlin en el único idioma que este entiende. La operación «Telaraña» no es solo un éxito militar. Es una brutal lección de diplomacia para todo el mundo libre.
Hoy, los ucranianos nos han enseñado a todos, desde Varsovia hasta Berlín y Washington, cómo vencer a Moscú. Mientras los diplomáticos pulen frases ambiguas en los borradores de los acuerdos de paz, las fuerzas especiales y los servicios de inteligencia ucranianos han llevado a cabo un ataque que cambia el equilibrio de poder en una posible mesa de negociaciones más que mil cumbres de paz.
El ocaso de los dioses en los aeropuertos rusos
La magnitud de la operación, cuyo nombre en clave es «Telaraña» (en ucraniano, «Павутина»), es impresionante. Según fuentes preliminares, pero confirmadas, se han destruido más de 40 aviones rusos. Lo más importante es que en la lista de pérdidas del agresor figuran bombarderos estratégicos, el orgullo de la aviación rusa, máquinas capaces de transportar ojivas nucleares. Los mismos aviones que durante años han servido para chantajear al mundo con un apocalipsis nuclear y que cada noche lanzan la muerte sobre las ciudades ucranianas se han convertido en un montón de chatarra humeante.
Los ataques se produjeron a miles de kilómetros de la frontera con Ucrania, en lugares que los generales rusos consideraban santuarios seguros. ¿Cómo se logró esto? La inventiva ucraniana volvió a sorprender al mundo. Los drones no llegaron desde territorio ucraniano, sino que despegaron desde camiones discretos que, como es de suponer, se adentraron profundamente en territorio enemigo u operaron desde sus fronteras. Se trata de una obra maestra de logística y diversión que ha puesto al descubierto las lagunas del sistema de defensa antiaérea ruso.
Pánico en la maquinaria propagandística
El efecto psicológico de este golpe es tan devastador como las pérdidas materiales. El pánico se ha apoderado del Kremlin y de los estudios de televisión de Moscú. Los propagandistas, normalmente seguros de sí mismos y arrogantes, hoy no saben qué decir. ¿Cómo explicar a la sociedad que la «gran Rusia», que supuestamente lucha contra toda la OTAN, no es capaz de vigilar sus bombarderos más valiosos en su propio territorio? La narrativa del «ejército invencible» se ha desmoronado con el accidente de otro Tu-95 o Tu-160.
Los rusos están aterrorizados porque han comprendido que no están seguros en ningún sitio. Que la guerra que han desatado ya no es solo una imagen en la televisión, sino un fuego real que consume sus recursos estratégicos.
El único lenguaje de negociación
La operación «Telaraña» conlleva un mensaje político clave. Ante las especulaciones cada vez más frecuentes sobre la necesidad de iniciar conversaciones de paz o «congelar el conflicto», Kiev envía un mensaje: no nos sentaremos a la mesa como suplicantes.
Muchos en Occidente siguen creyendo que se puede convencer a Putin con argumentos racionales, concesiones o garantías de seguridad. Es un error por el que llevamos pagando desde hace años. Rusia es un sistema basado en el culto a la fuerza. Allí, la debilidad se considera una invitación a la agresión, y la disposición al compromiso, una capitulación.
Los ucranianos lo entienden perfectamente. Saben que la única forma eficaz de «invitar» a Putin a negociar es despojándolo de sus garras. La destrucción de 40 aviones no es una escalada, es construir una posición negociadora. Es un mensaje: «¿Queréis hablar? Adelante, pero primero os privaremos de la posibilidad de matarnos desde el aire». Así es como hay que hablar con un dictador. La fuerza y el poder son los argumentos que traspasan los muros del Kremlin.
Un aliado responsable
Cabe destacar otro detalle muy importante. Los ucranianos avisaron a Estados Unidos del ataque. Esto demuestra la madurez de Kiev como aliado. Aunque la operación era arriesgada y podía provocar reacciones nerviosas en Washington (siempre temeroso de la «escalada»), Ucrania jugó con las cartas sobre la mesa. Demostró que es un socio predecible, pero al mismo tiempo decidido e independiente. Que no pide permiso para defender su propia existencia, sino que informa de las medidas necesarias para garantizarla.
El 1 de junio de 2025 es el día del triunfo de la voluntad de lucha y la innovación de Ucrania. También es el día en que el mundo debería comprender por fin que la paz no se consigue en las oficinas. La paz se forja en el campo de batalla, destruyendo el potencial del agresor. ¡Bravo, Ucrania! Era una lección que todos necesitábamos.
Foto: SBU
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